La Sopa de Ajo. Música/Sonido/Sociedad

Un proyecto abierto enfocado en las múltiples relaciones que los individuos y las sociedades establecen con la música, abarcando un abanico amplio de disciplinas que van desde la pura crítica musical al mundo del arte, la sociología, la hermenéutica, la biología, la etnología, los avances tecnológicos, las canciones del verano, los himnos cerveceros y así hasta agotar las posibilidades.

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¿Quién remueve la sopa?

Las listas o el temor al fin del mundo (III)


Y por supuesto, si hablamos de desmesura, de afectación, de orféico descenso a los infiernos y meteórica ascensión, si hablamos de resurrección y megalomanía, si hablamos de estilo, coolness, redes sociales, saqueo pop, blogosferas y sonido del aquí y ahora, no podemos dejar de hablar de Kanye West. “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (egomaníaco, alambicado y colorido ya desde el propio título) se ha erigido como mejor disco del año en un buen número de publicaciones (entre ellas Rolling Stone, Pitchfork, Rockdelux, Playground, Spin…) y en las que no, ha alcanzado posiciones elevadas.

Más allá de esta cuestionable unanimidad, y de que el disco guste más o menos (algunas voces, entre las que me incluyo, afirman que el efecto resonante del disco se debe más a la relativa vuelta a la solidez del redil boom bap del que West se había estado alejando desde el “Late Registration” después de la decepción causada por “808 & Heartbreak” que a su verdadera grandeza, pese a que su calidad es evidente), cierto es que durante el largo periodo que transcurrió entre su “Graduation” y la anticipadísima publicación de este último pepino, ‘Ye tuvo tiempo de convertirse en lo que podríamos denominar una zorra mediática.

Una vida twitteada al minuto, un blog bastante pijeras en el que colgaba cosas que le gustaban (diseño, moda, arquitectura, muy pocas veces nada relacionado con música), polémicas con 50 Cent o Taylor Swift, salidas constantes de tono y ESE disco lleno de autotune y baladas horribles que a más de uno le puso la piel de gallina. Debido a todo esto, a su constante presencia online, a sus devaneos con el mundo de la fama, a su estudiadísima imagen, a su incontinencia expresiva y, en los últimos tiempos y afortunadamente, también creativa, el nuevo trabajo del rapero se sitúo en el punto de mira de la expectación desmesurada meses antes de su publicación.

La condición de icono pop alcanzada por West ha provocado un efecto similar (y salvando todas las distancias) al que se produce con personajes como Lady Gaga. Más allá de su música está su figura, posicionándose como aglutinador de significados, símbolo, estatuto semiótico, máscara. Los cronistas hablan pues del “sonido del siglo XXI”, de la capacidad del productor para amalgamar (de nuevo) tradiciones y cruzar lo incruzable. Es indie, es hip-hop, es pop, r&b, soul, rock y ópera. Tiene trama, habla de caos mental, habla de figuras mesiánicas y redentoras, habla de mandar el mundo al carajo y reinventarse. Todo eso bajo un envoltorio visualmente cuidado, sumamente atractivo. Y encima el tío hace unos temacos como puños.



Es el ejemplo de artista que a todos gusta, el nuevo negro blanco elegante y listo, extremadamente comercial, que se ha blindado contra el mundo desapareciendo tras un personaje y al que hasta los más críticos pueden respetar, porque es carne de estudios culturales. Como su adorado Michael Jackson, parece que Kanye empieza a ser cada vez más una sombra de si mismo, atrapado en su propio cuento fantástico de amor universal. Los treinta y dos minutos de “Runaway”, videoclip compendio de algunos highlights del disco, con explosiones, orquestas, cervatillos, fuegos artificiales, bailarinas de ballet y sobre todo un Fénix en forma de una escultural mujer negra incluídos sirven para poner la guinda a un pastel que es de todo menos comedido, un andamiaje colosal y nada discreto que West parece haber construido para, paradójicamente poder pasar desapercibido debajo de tanto oropel y tableaux vivant de lujo y oro.

Un disco que por sí sólo explicaría qué es hoy una estrella de la cultura popular, y a qué suena y sabe, qué pinta tiene el presente y tal vez incluso hacernos ver pinceladas de un futuro que seguro tendrá que reaccionar ante el exceso (a pesar de que este nos haya dejado un buen puñado de grandes obras), como siempre ocurre tarde o temprano, como siempre ha ocurrido a lo largo de la Historia del Arte, construída a base de contrastes.


Se podrá decir que de alguna manera en toda lista que repase un año musical siempre va a haber dosis de tristeza y dosis de alegría, que un repaso como el que acabamos de leer no se circunscribe necesariamente al año que acabamos de dejar ni a las circunstancias que habitamos. Y parte de razón no faltaría al decirlo, pero, por un lado, eso no hace sino resaltar el carácter profundamente humano de la creación musical, que los discos son exactamente como sus creadores (de ahí el hecho de que los haya alegres y tristes, y que de ellos pueda extraerse su condición como herramienta sociológica), y por otro se estaría pasando por alto un aspecto básico de nuestro aquí y ahora: las dimensiones de cada fenómeno.

En tiempos convulsos las posturas siempre tienden a extremarse. La faraónica fábula de reconstrucción personal vía batidora posmo y teoría del Fénix de Kanye West vs. la introspección screw, pajillera y fantasmagórica de Salem (quienes curiosamente también echan mano de las herramientas base del hip-hop aunque a la manera en que lo haría un Harmony Korine si se pusiera hacer música en vez de pelis). En medio de estos extremos, cada vez más expuestos a la noria mediática (y que no dejan de tener siempre el punto burlón de la tradición rock, y si no pregúntense por qué carajo los Salem son los tres tan guaperas a pesar de la roña), artistas que buscan y reflexionan, ante un presente sombrío y raruno, que tratan de encontrar salidas, resquicios de luz.

Si hay alguna razón que hace que la obsesión por las listas no sea del todo estúpida es precisamente que a través de ellas podemos movernos en ese convulso mar que queda entre los extremos. Para poder hacerlo hay que abogar por nuevas visiones de la música que vayan más allá de lo estrictamente musical, o que, incluyéndolo, abran perspectivas a nuevas materias, al reflejo de lo social en lo artístico, más allá de las filias y las fobias personales, más allá de la pataleta o el arranque fanático. Porque visto está que las listas describen el mundo (o un mundo, nuestro mundo) y que más allá de la primera, epidérmica, impresión, hay un universo de deducciones y estrategias, un cosmos de sensibilidades arracimadas que es nuestra labor tratar de desenmarañar.

Tal vez el futuro de nuestro complejo tejido musical pase por pararnos a observar un segundo lo que está ocurriendo, y volver a mostrar curiosidad y atrevimiento a la hora de analizarlo. Normalmente en los pequeños detalles y las cosas aparentemente sin valor hay mucha más información de la que algunos ven o quieren ver, y esa es la única manera de que no se nos pase por alto.

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