Un proyecto abierto enfocado en las múltiples relaciones que los individuos y las sociedades establecen con la música, abarcando un abanico amplio de disciplinas que van desde la pura crítica musical al mundo del arte, la sociología, la hermenéutica, la biología, la etnología, los avances tecnológicos, las canciones del verano, los himnos cerveceros y así hasta agotar las posibilidades.

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Para comprobar si andamos por buen camino, repasemos a este respecto, y llevando nuestras reflexiones al terreno estrictamente musical, los primeros puestos de listas concretas (incluyendo publicaciones tanto físicas como digitales y abarcando un espectro amplio), como por ejemplo las de Rockdelux, Mondosonoro, Pitchfork, GoMag, scannerFM, Spin, NME o Rolling Stone. Para ello nos vendría bien hacer algunas subdivisiones y fijarnos únicamente en esos discos que han estado en todas o en la gran mayoría de listas y sobre todo hacer un ejercicio de abstracción, ir al concepto detrás de la música, observar los artworks, las temáticas, las fuentes de inspiración, la historia que encierran las canciones, aunque ello implique hacer juegos deductivos, extrapolaciones, cagadas. Hacer un poco de detectives musicales aún a riesgo de pasarnos de rosca.
En el lado de la oscuridad, la hay a patadas, y sobre todo se enfoca desde nuevas perspectivas. El fenómeno Witch House y sus derivados, por ejemplo, ha llenado nuestra casa de fantasmas analógicos, uvehacheeses defectuosos, pelos lacios sobre la cara, bosques tenebrosos y habitaciones sucias. Y ya tiene sus primeros héroes: unos Salem serios y desaliñados, recien salidos de cualquier parque de caravanas del Medio Oeste. Dicha “nueva” estética vendría a ser everso tenebroso de lo que se viene conociendo como hypnagogic pop, esto es, melodías ensoñadoras, nostalgia de cinta magnética, el mundo de los que fueron niños en los ochenta pasado por el filtro solipsista y ombliguero de los nuevos iconos de la moda y el arte (con el nuevo gurú Ariel Pink a la cabeza y acólitos aventajados como How to Dress Well, Neon Indian o Toro y Moi), la soledad y el tedio del fotolog convertido un par de años después en cultos satanistas, belleza oscura, brujería y amor por los paisajes naturales desolados.
Desde otros postulados musicales, más torcidamente sinfónicos, más tribales y limpios, These New Puritans citan a Alesteir Crowley, hablan de numerología y llaman a la guerra druídica. Tan parecido a los principios de los convulsos 60 con su proliferación de extraños cultos esotéricos que sólo faltaría que Anton LaVey se encargara de la producción. Tan parecido a un nuevo advenimiento romántico a deshora que parece que en cualquier momento Lord Byron vaya a salir de la tumba con un sampler en la mano, dispuesto, eso sí, a rebajar sus ansias de elevación metafísica por un ratico en la portada de Vice.
Triunfan los ambientes opresivos y el escapismo cósmico, que se apoyan, en gran medida en la repetición, en el ruido, herramientas que domina gente como Oneohtrix Point Never o Emeralds, que hacen de lo cíclico e hipnótico su razón de ser apoyándose, de nuevo, en un retorno a los viejos sintetizadores, a las válvulas, al polvo, a todo eso que sorprendentemente tanto gusta a una nueva generación de creadores que están a la vez increíblemente conectados con el exterior vía Internet y encerrados en pequeños microcosmos, obsesionados con lo antiguo, lo obsoleto, lo descolorido (y es que las cámaras Lomo son taaaaaan coooool…), que desde sus cuartos vuelven la vista atrás y se refugian en un interior y una nostalgia que parece mucho más acogedora que lo que pueden encontrar afuera.
Más mutación, angustia, caos, extrañeza: M.I.A. dando forma a un caótico panfleto hipermoderno, ahogando su cara bajo una montaña de barras de carga, lanzando arengas revolucionarias por twitter, siendo censurada por un videoclip que no era para tanto, y convirtiéndose a sí misma en un pastiche que es a la vez anti y proglobalización. Michael Gira resucitando a unos Swans que suenan tan crudos, ásperos, incómodos y brutales como cuando empezaron, un disco convulso que versa sobre temas atemporales pero muy en boga: culpa, redención, avaricia, miedo. Crystal Castles, ese dúo tan antipático y supuestamente punk (tan punk como los Ting Tings, diría yo), recuperando el espíritu de la new wave y el gótico vía disco y dream pop, firmando incluso un tema a medias con un Robert Smith que cada día se parece más a mi abuela. “Plastic Beach” de Gorillaz, o cómo hasta los dibujos animados pueden ponerse tristes cuando su mundo, reflejo del nuestro, ya no es lo que era. Gonjasufi sampleando a Las Grecas en un ejercicio de surrealismo fumeta, misticismo alucinado y lógica burbujil, psicodélia nómada, compleja, cuadratura de la empanada gallega con sabor a ganja. Eels titulando directamente “End Times” a su última y tristísima obra. Gil Scott-Heron volviendo más de una década después para hablarnos con tremenda sabiduría sobre las miserias del mundo, subido sobre hoscos esqueletos musicales.

Curiosamente, o no, dentro de nuestras fronteras el panorama no parece, en superficie, tan extraño o desolador como si uno mira afuera, a pesar de que no han faltado discos que, como los de Betunizer, Triángulo de Amor Bizarro o Los Punsetes han aportado dosis colosales de mala leche, ruido, distorsión y punzante crítica social vía ser los más cínicos del patio. Es, de todas maneras el grandilocuente e irregular “Adelante, Bonaparte”, ese triple E.P. circular sobre los ciclos de la vida y la muerte firmado por unos Standstill cada vez más afianzados en el mercado musical nacional y lejos de la tensión que les hizo ser únicos, el que probablemente (y pese a ser de lejos su peor disco) más se acerque a la exploración voluntaria de atmósferas desconcertantes, al ciclo necesario de crisis, reflexión, y posterior salto evolutivo al que nos venimos refiriendo. En esta obra conviven numerosas tradiciones musicales y numerosos estados de ánimo, a lo largo de un camino tortuoso que pretende conducir (aunque a veces parece que no tenga muy claro el trayecto) hacia algún tipo de redención, ser un gran corolario de estados espirituales en las que una comunidad herida puede verse reflejada.
Si decimos, volviendo al tema, que las listas de nuestros mejores discos parecen reflejar un panorama más optimista en superficie, no quiere decir que nuestros artistas sean impermeables a la sensibilidad global contemporánea. Precisamente 2010 fue el año en el que dos propuestas salidas de la península partieron la pana y reventaron fronteras, facturando discos que se encuentran, eso sí, en el extremo opuesto al que nos venimos refiriendo. Delorean con un “Subiza” que es lo más parecido a un verano eterno y que aglutina en su interior ecos de todo lo que la electrónica de pulsiones hedonistas nos ha dado en esta década ya pasada, y sobre todo El Guincho, con una obra magna que es prácticamente un ejemplo punto por punto de cómo debería sonar la amalgama pop perfecta a día de hoy y que transmite grandes ganas de vivir. Ojo, el poso melancólico y reflexivo está ahí, la nostalgia está ahí. Pero la rebelión, el furor, la euforia, la desbordan. El pop, la electrónica, el sampleo, la apropiación desprejuiciada, la libertad al unir lenguajes diversos, nuevas formas de articular el alma de la cultura popular, usando viejos recursos con un nuevo enfoque, como armas de resistencia, reposicionamiento y juego.
Si bien estas nuevas aproximaciones pop (entendido en el sentido cada vez más global desde el que hoy se le tiene que abordar) dan lugar a piezas coloristas, luminosas, de producción compleja y rítmicas adictivas (como las ya citadas, como ese colosal “There is love in you” de Four Tet o el “Swim” de Caribou), sí que es verdad que también en el lado del optimismo se percibe una hinchazón, un exceso en las formas y/o en el fondo. Se venía intuyendo desde la explosión sampladélica-hippiosa de los Animal Collective hace ya dos años, y desde que Arcade Fire (hoy un poco más comedidos en lo musical pero enormes en lo mediático) aportaran con “Funeral” la dosis de épica que el indie necesitaba para coger aire: hoy ya todo está teñido por la retórica del loop y la mezcolanza intergenérica, todo está conectado y es a la vez macro y micrósmico, toda canción es parte de otra, el himno es nana y la nana son cantos de sirena y a veces, las cosas se lían, a veces los artistas se lanzan a tumba abierta por conseguir configurar ¿nuevas? vías de expresión.
Erykah Badu o Janelle Monae facturan discos de soul conceptual con referencias a Jerry Rubin, Malcolm X y Metrópolis, con portadas abigarradas y largos títulos que parecen antiguas sagas. The Drums son los Smiths pasados por el filtro de Lo-que-todos-sabemos-de-los-Smiths, nuevos románticos que invitan al disfrute y al amor elegante, que parecen diseñados con escuadra y cartabón. Owen Pallet se desembaraza de su alias Final Fantasy y pare un “Heartland” que sigue siendo hijo de la afectación, lo tremendo, lo secretamente oscuro. Joanna Newsom sigue siendo la extraña hija de un elfo dipsómano. El díptico formado por “All delighted people” y “The Age of Adz” nos devuelven a un Sufjan Stevens poseído por el espíritu del flúor y la ópereta, canciones de pop torcido y capas de electrónica de rastrillo, extenuantes viajes sinfónicos, un universo poblado por seres de colores brillantes y bailarinas de can can galáctico. Lo señala ya desde el mismo título de su última referencia, con ese ADZ (transcripción fonética de “odd”, extraño, fuera de lugar): tras un largo parón y tras salir de una seria crisis compositiva, Sufjan vuelve para retratar la desmesura de nuestro tiempo, con pintura de guerra rosa en la cara.
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