La Sopa de Ajo. Música/Sonido/Sociedad

Un proyecto abierto enfocado en las múltiples relaciones que los individuos y las sociedades establecen con la música, abarcando un abanico amplio de disciplinas que van desde la pura crítica musical al mundo del arte, la sociología, la hermenéutica, la biología, la etnología, los avances tecnológicos, las canciones del verano, los himnos cerveceros y así hasta agotar las posibilidades.

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¿Quién remueve la sopa?

Las listas o el temor al fin del mundo (I)


Ritos de iniciación, experiencias de paso, cosmología, giros có(s)micos de la realidad, sombra y fantasía, intersubjetividad, la forja de los héroes, los plebeyos, los mitos y los monstruos… Es fin de año, y los medios hacen listas. De esta manera, y no de otra, se explica el mundo.

Claro que es un mundo más o menos reducido el que se explica, el del mercado de la cultura alternativa, el de los dimes y diretes del talento de grano grueso, las palabras altisonantes y la subversión de baratillo. Pero no por reducido, abstracto y en el fondo inútil e ilusorio desde el punto de vista de las grandes cuestiones humanas, que no nos competen, deja este de ser un mundo habitado por seres más o menos humanos, más o menos enganchados a su twitter, más o menos sensatos o soberbios, todos ellos atentos a lo que a estas alturas del año escriban, digan o muestren las publicaciones de rigor.

Como parte de un sistema social y económico global y externo a él, como mundo aparentemente cerrado sobre sí mismo pero en realidad sólo engranaje de un mercado común de bienes y afectos, el de la cultura conocida como alternativa marca necesariamente sus pautas, genera sus corrientes de opinión, delimita, restringe, crea amigos y Némesis, se ve sujeto a las pautas de la necesidad, a los vaivenes del público, a conceptos de pura mercadotecnia asociados a las emociones humanas, al Eros, al Thanatos, y todo lo que hay en medio y que aprendí alguna vez en alguna clase matinal con gusto a sábana.

Primera hipótesis: las listas de las revistas musicales son gotas microscópicas de un universo fractal y en expansión. Las listas de las revistas musicales son el mundo, y nos lo explican. Las listas de las revistas musicales las configuran seres humanos absolutamente enfermos por la música, pero no son aleatorias, no son democráticas, no son simples acumulaciones de datos en un papel recogidos según el libre albedrío de los redactores. Las listas son línea editorial y posicionamiento, son abre y cierra la muralla, recogen un cierto espíritu de la temporada, se hacen eco de las preocupaciones, las ansias, los deseos, tanto del consumidor como de la empresa. Son a la vez mercado y mercancía. Mirarlas y compararlas es conformar un tejido social, observar fenómenos humanos y en ocasiones hacerse a la idea de la marcha de la sociedad, la del postcapitalismo agresivo, en la que vivimos.

Tirando del hilo de la conspiranoia, ¿qué otro sentido tendrían si no? Todo el mundo sabe que a la hora de listar según qué discos, canciones o eventos, prima en primer lugar un fuerte impulso subjetivo. Básicamente, los redactores de las publicaciones quieren que los discos que más han escuchado durante el año, los que les han acompañado más en su día a día, copen los primeros puestos de la lista. Así que ahi tenemos un primer sesgo, el cual después pasa por los filtros ya comentados: la línea editorial, el posicionamiento y también, no menos esencial, LA IMPORTANCIA del disco o la canción. Sin esos filtros, y su peso a la hora de configurar un sistema de sentido y unos ciertos comportamientos en el público objetivo, las listas serían un simple batiburrillo de gustos personales.

El concepto de Importancia, que acabamos de mencionar, se refiere al peso específico que un disco, artista o canción determinados adquiere en el conjunto del año en curso, su influencia, ya sea directamente musical, estética o ideológica, en un círculo cultural concreto, en el resto de artistas que lo rodean, en el público, que es al final quien decide o no (con muchas comillas sí, pero permítanme esta simplificación) hacer populares a unos por encima de otros. Es también, a mí entender, el concepto con mayores implicaciones sociológicas de todos los comentados, el que más puede decirnos, haciendo un rastreo comparativo de todas las listas de algunas de las publicaciones más canónicas del sector, no sólo qué está pasando en la evolución de ciertos géneros o estéticas musicales, sino también hacia dónde se dirige la sensibilidad de cierto público y ciertos consumidores, cuales son las inquietudes de un determinado (y cada vez más amplio) sector social, y en definitiva, con qué se identifica, y qué preocupa, a una determinada comunidad.



Es normal que, considerando dicho punto de vista, muchos de los podios de este diciembre sorprendentemente soleado y frío, se hayan visto copados por propuestas que cuando no son directamente oscuras y opresivas, mucho tienen de perverso, retorcido o histriónico, mucho de nostálgico y ensimismado, de manierista o excesivo. Son parte de un zeitgeist, signo de los tiempos, y un cotejo de algunas de ellas configuraría un panorama o un tapiz, que a nuestro entender bastante tiene que ver con la idea de Apocalipsis.

Según la Wikipedia (qué haríamos sin tí), la palabra Apocalipsis se refiere a un “descubrimiento de algo escondido para la mayoría de la Humanidad en una era dominada por la falsedad y la falta de entendimiento”. Si uno mira ahi afuera, o aquí dentro mismo, en la pantalla, en la iconosfera web, si uno visita las playas atestadas o presta atención a las noticias, podrá afirmar que, efectivamente, las cosas no están como para tirar cohetes. De esa turbulencia parece desprenderse, y la Historia está plagada de ejemplos, la necesidad de ese descubrimiento, de ese Apocalipsis, bien sea por la via de la destrucción, de la reconstrucción o de la (r)evolución.

Las narrativas apocalípticas son simplemente una más de las construcciones mitológicas empleadas por los humanos en sociedad para explicarse el mundo. Y, nada sorprendentemente, tendemos a echar manos de ellas cuando la cosa está cruda, cuando no parece haber otra salida que el “borrón y cuenta nueva”. De alguna manera, los finales bruscos, las algaradas, las revueltas, la pulsión destructiva, forman parte de nuestra naturaleza por ser, en cierto modo, una forma de organizar los sucesos. Nos cuesta resistirnos a la idea del simple devenir, bien por la tradición de cristianismo escatológico en el que estamos inscritos como pueblo, bien simplemente porque, como afirmaba Leopardi (y adapto la cita a mi estilo) “la vida es larga y demasiado aburrida”, y el mandarlo todo al carajo puede ser una perfecta manera de poner andamios y darle sentido.

En estos periodos de la historia, cuando, por ejemplo, se desata el pánico milenarista, o simplemente cuando un cierto modo de vida o pensamiento parece tocar a su fin, las manifestaciones artísticas suelen teñirse de exceso y oscuridad. Los ejemplos a lo largo de la Historia del arte son múltiples, desde el Barroco y sus Vanitas hasta los Young British Artists, pasando por el Decadentismo o el Expresionismo Alemán

Segunda hipótesis: si es cierto que podemos extrapolar un mapa de un determinado panorama social actual a través del eco e importancia que se concede a ciertas referencias musicales en las listas de lo mejor del año, en el caso de 2010, dichas referencias dibujarían un paisaje de inquietud, desorientación y mutación (conceptos que aparecería entreverados con sus prácticamente antagónicos, el hedonismo, el exceso y la euforia, incluso el renacimiento), paisaje que emparentaría ciertos fenómenos culturales de  actualidad indie con asuntos históricos en principio alejados de su esfera, inquietud debida al reflejo que todo fenómeno musical es de la sociedad en la que se genera.

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